martes, 4 de octubre de 2011

Memoria de paso

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número diecinueve

Memoria de paso (1978-1979)
Fogwill. Cuentos Completos. Alfaguara. Edición 2009

Virginia (Víctor) se casó con un comerciante de pieles finas en 1812, pero quiso ser siempre un hombre. Enviudó en 1823 y pronto decidió unir bienes y propiedades con Ernestina. Los salones de los Rosas eran las únicas invitaciones que aceptaban; a poco de instalarse, Urquiza las despojó de todas las tierras. Virginia vio envejecer a hijos y nietos. Se recluyó en Córdoba con la hija de un diplomático. Allí, el doctor Segura la instruyó en ciencias naturales; un italiano la acercó a la fotografia. Se aficionó al opio y a las bacanales. Antes de partir a Europa, comenzó la curiosa transformación. Se mudó a Estados Unidos y fue tratada en Atlanta por el doctor Pemberton, hermano del boticario que haría famosa la ciudad (Virginia le ayudó a mejorar su jarabe pardusco). Ya hombre viajó a Nueva York y con un ardid consiguió que el consul argentino le expidiera nuevos documentos. Se casó con una norteamericana, trabajó en universidades, se separó y se fue a Europa. Fue conchabado como analista de patentes. En Zurich conoció a un funcionario con ideas originales sobre el espacio y sobre el tiempo. En París aprendió a pintar y a vivir de los millonarios argentinos. Se casó varias veces con suerte dispar. Una vez con una inglesa que escribía bastante bien, a la que contó todos sus viajes y aventuras. Se llamaba Virginia, como Víctor antes. En Berlin trabajó de traductor; conversó un par de veces con Hitler. Regresó a la Argentina, previo paso por España, en 1946. Fue celador de un colegio durante doce años y periodista entre 1958 y 1969. A los ciento setenta y pico de años se atrevió a publicar algo en prosa por primera vez, con la convicción de que lo único que permanece invariable es el tiempo. Virginia-Víctor siempre creo algo que fue la envidia de su época, siempre tuvo valor para quebrantar usos y costumbres, de no ser convencional.

PD: Esta magnífica reescritura sintética de una obra de Virginia Woolf, parodia-homenaje de Borges y notable exhibición de estilo, es la prueba cabal de que Fogwill fue uno de los mejores narradores argentinos de todos los tiempos. El cuento está repleto de ocurrencias felices.